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¿Dónde empieza y dónde termina el arte?

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noviembre 19, 2019 | Sección: cultura | Artículos sobre: temas que atañen las relaciones culturales que nos atraviesan en la práctica e imaginario cotidiano
¿Dónde empieza y dónde termina el arte?

El arte en su sentido original y menos rebuscado, no es en sí ninguna «cosa» específica o «tipo» de actividad. El arte (del latín ars que denomina una habilidad humana adquirida por el aprendizaje -es decir, una hazaña o actividad que no viene dada por la naturaleza automáticamente al nacer- basada en el conocimiento riguroso de la realidad, que a su vez la hereda el pueblo romano del concepto griego techne que denomina una suerte de vínculo humano de enseñanza entre aprendiz y maestre, es decir, cualquier actividad propensa a ser enseñada) denomina al proceso de producir, experimentar e investigar a manera de un hábito, métodos para alcanzar cualquier tipo de obra, es decir convertir cualquier obra humana en una obra de arte: el arte marcial, el arte deportivo, el arte de pintar, el arte de diseñar y realizar un experimento con el método científico, el arte de programar, el arte de sanar, el arte de forrar muebles, el arte de cocinar un pez globo, el arte de la carpintería, el arte del erotismo, el arte de la prestidigitación, el arte incluso de robar, estafar, sabotear! básicamente cualquier actividad humana es propensa a ser un arte.

Actualmente se confunde el término arte con el de actividad estética, incluso se le llega a denominar arte solamente a las expresiones gráficas como la pintura, el grabado o la impresión, pero como podemos ver, esto dista mucho de la realidad de este término y para lo que originalmente fue acuñado para describir esa palabra.

¿entonces existe un punto en donde algo ya se convierta en arte último y no tenga que mejorarse nunca más?¿entonces arte solo designa a la maestría de la técnica como diría Avelina Lesper? no, y no, ninguna de las dos preguntas tiene una respuesta tan sencilla: cualquier ocupación humana es propensa a ser tratada como arte, esto solo si habitualmente se procura experimentar, producir, estudiar… cuando se deja de hacer esto simplemente se alcanza una meseta en dicha actividad y dependiendo del contexto esto puede ser beneficioso o usado de una manera truculenta. Aquí es donde entra el arte de engañar y de robar por ejemplo!

Se trata de una cuestión compleja: como decía anteriormente, se trata de un discurso (un contexto) que engloba cierta actividad, y que posteriormente describe dentro de ese discurso, al proceso de experimentación, investigación y producción de dicha actividad humana en cuestión. Analicemos primero un escenario para entender un par de premisas y lograr a partir de ellas una conclusión final acerca de lo que el párrafo anterior intenta comunicar.


photos © Elizabeth Felicella, 2012

En un sistema de libre mercado en donde la demanda es la que define a la oferta, podemos encontrar que una persona ciudadana determinada asiste a un colegio de «artes finas» en donde según las regulaciones de un Estado particular se marcan tanto el periodo de aprendizaje así como el proceso de certificación o licencia para que alguna actividad pueda caber dentro de un documento legal que el Estado emite para que posteriormente algún particular o sector privado que así lo desee pueda comercializarlo como un producto certificado y de calidad sin encontrarse con problemas legales.

En este primer caso, en una situación muy clásica y muy polémica de la actualidad, nos encontramos una galería que justifica vender o poseer «arte» de muchos «tipos»: digamos que exhibe varias pinturas al óleo antiguas, a la usanza italiana, hechas por una sola persona considerada maestra por libros de Historia del arte; exhibe también un par de murales de un artista contemporáneo, hechos con alguna técnica a la usanza original de alguna etnia indígena, pero siendo que esta persona no pertenece a dicha etnia indígena sino que sólo la técnica utilizada, se le denomina obra de arte y no artesanía; finalmente tenemos que esta galería exhibe también una pieza de arte conceptual, digamos una rama de árbol pero que está hecha en concreto, realizada en su totalidad por un equipo de albañiles, pero firmada bajo el concepto y nombre de algún artista reconocido, y que en este caso, al comprar esta obra no te venden la rama de concreto en sí, sino un certificado que te da el permiso, a cambio de haber pagado los derechos, de contratar a tu propio equipo de albañiles y replicar dicha obra en tu hogar, oficina o espacio público.

Esta situación de diversidad de formas de expresión que buscan ser legitimadas como arte para poder posicionarse en el mercado internacional, a veces por las mismas personas que las crearon, y otras veces como es el caso de la obra de personas que ya fallecieron, son las galerías las que buscan esta legitimación, se va tornando cada vez más en un problema de apilamiento de justificaciones y disputas teóricas que defienden, o prefieren, unas u otras formas de expresión por encima de otras, esto conforme las palabras artista y arte, como se usan actualmente, requieren englobar más y más productos de consumo así como discursos cobijados por el meta-discurso que las instituciones de cultura así como de certificación educativa estatal que están obligadas a proveer seguridad, legalidad y algún tipo de legitimación teórica a sus consumidores/población para poder tener así a todo el público de un país feliz así como a todas las academias de arte lo más de acuerdo posible en dicha teoría de las materias y programa de estudios que imparten (para que sea avalado por las instancias culturales estatales), de no ser así, no tendría mucho sentido que existieran dichos institutos o academias.

Hay que darnos cuenta de algo, hay conceptos claves para poder entender los conflictos planteados anteriormente, dentro del primer contexto revisado aquí (el del libre mercado y los Estados), son el concepto de CONSUMO y por otro lado el de FORMA DE EXPRESIÓN.

Por una parte no podemos designar como arte a cualquier tipo de forma de expresión (bajo algún supuesto de que simplemente por el hecho de ser una forma de expresión es automáticamente arte), al menos no realmente, porque recordemos que el concepto arte designa actividades no adquiridas automáticamente por nacimiento sino originadas de un estudio y propensas a ser estudiadas o enseñadas, y en segunda porque no sabemos si para lograr dicha forma de expresión se ha hecho una búsqueda consciente de la experimentación, ejecución y estudio que caracterizan a la obra de arte. Esto anterior no contradice el hecho de que virtualmente cualquier obra o actividad humana pueda convertirse un una obra de arte.

Lo que ocurre en la actualidad, es que las instituciones estatales, privadas o culturales re-contextualizan cualquier obra de forma-de-expresión (por llamar de alguna manera a cualquier obra hipotética que quiera posicionarse en el mercado) que necesiten convertir en producto, y una vez dentro del nuevo contexto-discurso específico que le diseñan, lo siguiente que hacen es justificarlo a manera de una especie de trabajo curatorial.

Esta acción curatorial moderna es un resultado de un contexto/discurso del libre mercado; lo que ocurre es que tenemos obras humanas, hechas en diferentes momentos y hechas para diferentes propósitos (pueden revisar un poco de esos propósitos en este otro artículo tienen curiosidad), todas queriendo (por el Mercado, por el Estado) ser justificadas bajo un mismo discurso, trituradas, apachurradas y entregadas finalmente en forma de embutidos ya indiferenciables con el nombre de colecciones, museos y galerías; no importa si la pintura «rupestre» fue hecha con un propósito ritual, o las vasijas griegas con propósitos utilitarios y otras para libaciones rituales, si los graffitis romanos fueron hechos para ofender al César cuando los mirara al pasearse por la ciudad, o si los óleos de Rembrandt fueron hechos para decorar palacios, si las serigrafías de Warhol fueron hechas para venderse en un mercado ya establecido por los estados unidos de norteamerica, si los graffitis de Bansky fueron hechos en protesta pero ahora arrancados de la pared y subastados por millones, no importa ya el contexto original de estas obras o formas de expresión, lo que importa es el estatus que proveen a quien les toma como posesiones y los recursos monetarios que puedan obtener de su venta.

Podemos ver como en un pasado no tan lejano, sí existió una la selección y catalogación de ciertas piezas arquitectónicas en contraposición a otras, o de ciertas expresiones escritas en comparación a otras (y lo mismo con la pintura o el teatro u otras disciplinas de cración), designándolas como arte o como no-arte, fueron procesos de selección que con el tiempo se han olvidando más no dejando de estar presentes en el corpus teórico. ¿A qué me refiero con olvidando pero no dejando de estar presentes? me refiero a que el olvido de dicha taxonomía de validez o invalidez artística, por parte de las viejas élites académicas, no se le dio continuidad en el corpus teórico moderno con un replanteamiento del concepto del arte desde la raíz, sino que se han ido empalmando unas construcciones teóricas antiguas sobre las nuevas sin este debido replanteamiento, por lo cual, actualmente encontramos un discurso muy confuso (en los modernos programas de estudio de estas academias o bien en los discursos curatoriales de las galerías, museos y colecciones privadas) el cual incluye las visiones tanto de las viejas taxonomías académicas como de una posterior selección ahora hecha por las élites del mercado, todas cohabitando en un discurso quimérico que no terminan de mezclarse bien ni separarse bien, haciéndolo ilegible y sobre todo incoherente.

La obra de los pueblos indígenas que no empaten con los modos y la moral occidental se designan como «artesanías», mientras que obras similares, por ejemplo una una vasija griega (de indígenas griegos pues), sí figura dentro del discurso de la Historia del Arte. En la actualidad el llamado «arte» depende totalmente del contexto. Y no solo eso, sino que en el discurso de la inclusividad universal de esta aldea global del libre mercado, ya no es solo la institución estatal o comercial de cultura la que designa que es arte y que no lo es, sino que la población ha entendido el juego y comienza a jugarlo, pero no bajo su propia reflexión en retrospectiva, sino bajo las reglas y el discurso estatal e institucional. Obviamente este nuevo contrincante teórico, que es el vox populi, que mencionaba en el párrafo anterior, aún no tiene un nicho asegurado dentro del cuerpo teórico institucional del arte, puesto que la institución legal del arte no termina por negarles la entrada y el apoyo pero tampoco termina por taxonomizarlo del todo para integrarlo por completo.

Nace el «street art» que es capaz de englobar todo y nada a la vez, a pesar de que la expresión callejera, o a la intemperie, ha existido como forma de reclamo, expresión o demarcación territorial desde hace siglos sin ser integrada dentro de alguna categoría dentro de la taxonomía del arte; nacen los colectivos que reivindican una especie de «art naif», no como categoría de emergencia ante la imposibilidad de catalogar obra autodidacta, sino como discurso de origen de obra que es deliberadamente lograda y terminada con la menor calidad, reflexión o técnica posible pero que intenta legitimarse (importante recalcar que esto ocurre desde dentro así como desde fuera de la academia) en un discurso para posicionarse dentro del mercado y los medios. Estaríamos de acuerdo que bajo este sistema categorial, en el cual se dice que cualquier forma de expresión es una obra de arte, podría alguien justificar que las pláticas que tiene en su vida a diaria es una obra de arte, o que la lista del mercado una obra de arte, puesto que es una forma de expresión, y por lo tanto podría intentar posicionarlo dentro del mercado de arte? De hecho eso sucede todos los días (y es posible gracias al sistema de libre mercado que, como dije al inicio, permite que la demanda defina a la oferta), gracias a un problema mucho más grande que es la repartición de la riqueza en el sistema neoliberal que muchos países han adoptado: al no ofrecer suficientes oportunidades e incentivos educativos a su población, esta recurre a las opciones más permisivas de licenciaturas académicas para ganarse la vida, como lo son las academias de artes.

Que no se me malinterprete, claro que cualquiera tiene la libertad de ejercitar sus aptitudes estéticas y manifestarlas por medio de la pintura, la escultura, el teatro, la danza, los medios modernos como el video o la programación multimedia por computadora, pero es un hecho que al no haber una centralización por parte del Mercado, del Estado y la Academia sobre lo que es o no es arte, están permitiendo que las discusiones infértiles (por ejemplo dentro de los medios y la academia) proliferen y se perpetúen indefinidamente, hundiéndonos más y más en la confusión y la ignorancia. Actualmente en este país nos encontramos con el alumnado de las llamadas «carreras universitarias de artes finas» tomando años de sus tiempo de vida en asignaturas universitarias donde las personas estudiantes y el cuerpo docente se involucran en estos infértiles simulacros retóricos en lugar de estar enfocando sus potenciales y habilidades en verdaderos oficios u ocupaciones que podrían estar afectando positivamente la preparación de una población bien capacitada en actividades útiles para el desarrollo del pueblo mismo y su infraestructura, claro está que aunado a esto anterior, en lugar de la existencia de estas supuestas «carreras universitarias de artes finas», el Estado podría contar con centros culturales de calidad en los cuales pudiera el público en general, de cualquier rango de edad, acceder a esas mismas asignaturas libres de estas actividades estéticas que actualmente son impartidas exclusivamente a mayores de edad, en lugar de tener escuelas de «arte» sobrepobladas y cada vez con más demanda, con matrículas ridículamente reducidas, apilando personas con fobia irracional a las matemáticas o a los oficios o disciplinas verdaderamente útiles para el desarrollo de cualquier comunidad, con un profesorado obligado a calificar con buenas notas cualquier forma de expresión que su alumnado le presente bajo este corpus teórico moderno que planteo en este artículo, dando como resultado al final de cuatro años (en el mejor de los casos) personas «profesionisas» licenciadas como artistas.

No se me malinterprete tampoco en este ámbito, yo no soy partidario de los discursos nacionales o de Estado, solamente busco vislumbrar lo que está ocurriendo desde dos puntos de vista muy reales y muy opuestos:

Primero, el punto de vista Estatal, en el cual la oferta educativa universitaria de licenciaturas como las de artes representan un gasto innecesario de recursos públicos puesto que están atiborradas de este tipo de simulacros educativos y discursos tan permisivos y ambiguos, que si bien pueden llegar a fomentar la creación de nuevos nichos económicos, lo cual para un Estado neoliberal es algo idóneo, la creación por ejemplo de una oferta de «art naif» o de «street art» para un mercado sediento de estas nuevas etiquetas (de viejos conocidos pero que no solían ser comercializables), también hacen esto en detrimento de la salud mental, emocional así como de la posible preparación de su población en habilidades que si bien son menos polémicas, podrían estar generando más empleo e incluso más movimiento económico dentro de la industria ya existente, en lugar de estar fomentando pequeños nichos locales con uno que otro despunte de fama esporádico y una tasa de subempleo más importante, así como de inversión de recursos públicos en programas culturales coptados por favoritismos, tráfico de influencia y oferta cultural de dudosa calidad.

toda actividad cultural, dentro de sus usos, costumbres y contextos locales son susceptibles al arte.

Segundo, desde un punto de vista humano que es capaz de trascender cualquier forma de organización (tribal, comunitaria, citadina, familiar, et cétera) y sistema económico-político, y no solo eso sino que de hecho excluye cualquiera de estas construcciones abstractas y se enfoca solamente en la naturaleza última de la humanidad que es la vida en comunidad poniendo como prioridad las actividades que beneficien directamente las dinámicas tanto individuales como colectivas, es tan sencillo como recordar lo que al inicio de este artículo mencioné:

si una acción, oficio o forma de expresión busca concientemente un método, una experimentación, una investigación, un perfeccionamiento, y ojo, vean que no todo está en función del perfeccionamiento, la experimentación por ejemplo no contempla necesariamente la perfección, sino buscar ramas alternas de acción, otras vías posibles, así como una práctica constante, esa actividad, oficio o forma de expresión de está haciendo bajo el proceso del arte, es decir, es susceptible a ejercitarse, aprenderse y enseñarse: a convertirse en usos y costumbres, o sea cultura. Y si en algún momento esta acción, oficio o forma de expresión llegara, por una u otra razón a una meseta en la cual ya solo se replica de la misma manera, lo cual es difícil que ocurra por mucho tiempo y de hecho debería ser así el asunto, que no permita estancarse el conocimiento, entonces esa actividad fue producto del arte y ahora simplemente es una acción con algún propósito que colateralmente puede servirle a quien lo realiza de sustento u ocio, y a quien se beneficie del mismo como un servicio o un producto cultural, es decir que le permite hacer su vida dentro de su comunidad por algún motivo utilitario o recreativo, y de esta manera el arte deja de ser un polémico producto o un debate interminable entre instituciones y élites de diferentes tipos, y se convierte simplemente en un humilde proceso que puede estar o no estar presente en alguna actividad humana sin tener que representar justificación o membresía alguna a alguna para determinado grupo de poder.

De esta manera, se descentraliza el «arte» como producto de consumo e intercambio, y se descarta también como elemento y dinámica exclusiva de un corpus teórico lejano y elitista que solamente los personajes licenciados en carreras de «artes» puedan discutir en los medios de comunicación, dejándolo de nuevo al nivel de la población general, permitiendo que el arte pueda volver a identificarse con cualquier labor humana cotidiana: hacer matemáticas con arte, hacer albañilería y arquitectura con arte, cuidar a las nuevas generaciones con arte, construir infraestructura de los pueblos con arte en su carpintería, metalurgia y demás actividades comunes.

El arte no es rebeldía ni estatus quo, y sobre todo no está esclavizada a ser un «producto» o «acción» determinada y definida que deba legitimarse por medio de la perpetuación de un sistema o de una responsabilidad ética de ir en contra de sistemas, no obstante, la rebeldía o el mantenimiento de un sistema, sea cual sea, sí se puede hacer con arte, al igual que barrer, convencer, cocinar, torturar, o estudiar, son todas actividades susceptibles a este proceso que se denomina arte.


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